Naufraga el acuerdo de paz en Libia propuesto por la ONU

Los esfuerzos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) por instaurar en Libia un gobierno de unidad nacional han sido en vano. El Parlamento de Tobruk ha rechazado su composición. Libia ha quedado nuevamente a la deriva, sin un gobierno que pueda considerarse verdadero. Trípoli exige, entre otros asuntos, el cese del hombre fuerte en quien confía Occidente: Jalifa Haftar; el Parlamento de Tobruk se opone. De vuelta a empezar. Libia continuará instalada en el caos.

Estado fallido

El acuerdo de paz y de reconciliación propuesto por la ONU para resolver la crisis en Libia, firmado el 11 de julio de 2015 en la ciudad marroquí de Sjirat, fue solamente el punto de partida para la regeneración política y social del país norteafricano tras el derrocamiento en 2011 del régimen autocrático de Mamuar el Gadafi, proclamado a finales de los años sesenta del siglo pasado y que finalizó con el linchamiento del coronel a manos de rebeldes agrupados en el Consejo Nacional de Transición (CNT), compuesto por opositores que durante la Primavera Árabe combatieron en la guerra civil libia contra el gobierno del dictador.

Al régimen que estableció Gadafi después del golpe de estado que dio en 1969 al rey Idris el Sunusi, le ha secundado el desgobierno, la incapacidad palmaria para someter brigadas anárquicas, las pugnas territoriales de liberales contra islamistas, y las milicias depredadoras, tribales y ajenas a la idea de un Estado de Derecho.

Tras morir Gadafi se establecieron estructuras político-administrativas para restablecer el orden público. No obstante, comenzaron a hundirse pronto. La situación de Libia evolucionó negativamente hasta casi convertirse en un Estado fallido, alimentando conflictos regionales e incluso el terrorismo en el Mediterráneo y el Sahel. Libia no está acostumbrado a la democracia. Las colonias italianas y francesas, la posterior monarquía Sanusi, y el autoritarismo de Gaddafi que duró 42 años, aumentaron las brechas sectarias en un país que no ha podido crear instituciones para superar desavenencias.

La precaria situación del Gobierno de Trípoli, que nunca consiguió el desarme completo de las milicias colaboradoras en la guerra para derrocar al dictador, y que tampoco llegó a controlar la totalidad del territorio libio, se vio más comprometida después el alzamiento del general Jalifa Haftar, ex coronel del ejército libio que se erige como el nuevo hombre fuerte en quien hoy confían sus países vecinos y Occidente.

En 2014, Haftar fracasó en el intento de privar al Parlamento interino de sus funciones e imponer, antes de la convocatoria oficial de elecciones legislativas anticipadas, una nueva Asamblea constituyente sin islamistas. El Ministerio de Defensa libio apoyó la decisión. Los miembros del restaurado Parlamento habrían de redactar una Constitución que someterían a referéndum popular para su aprobación.

Oro negro

Libia es un país teóricamente soberano en África, que limita al norte con el Mar Mediterráneo, al oeste con Túnez y Argelia, al sur con Nigeria y Chad, y al este con Sudán y Egitpo. Rico en petróleo y principal proveedor de Italia con 425 mil barriles diarios, según la agencia rusa RIA Novosti.

Libia, históricamente, ha estado fragmentado por grupos islamistas de Al Qaqaa y Al Sawaeq, que dominan Bengasi, capital en la costa oriental del Golfo de Sirte, donde yacen grandes terminales petroleras, en Es Sider, Ras Lanuf, Zueitina y Marsa al-Hariga.

A mediados de 2011, las terminales fueron controladas a la fuerza por la milicia Barqa, que aún pide mejoras salariales y autonomía para Cirenaica, una de las tres regiones en las que se divide Libia; recelosa de la centralización de poderes en Trípoli, y que, además, concentra dos tercios de la producción petrolera del país.

El control de los puertos enclavados en la costa sur mediterránea por por rebeldes, frenó parte de las exportaciones del oro negro a países como Serbia, Gran Bretaña, Holanda, Portugal, Suecia, España, Estados Unidos (EEUU), Brasil, China o India. Es decir, el 98% de los ingresos nacionales. Por consecuencia, fueron debilitados el gobierno y la industria petrolera, justo cuando Libia se acercaba al nivel de producción anterior a la caída de Gadafi: 1,6 millones de barriles diarios.

La Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) estimó en octubre de 2013 que la producción libia había descendido a 513 mil barriles diarios; en marzo de 2014 se ubicó en 241. Libia exporta petróleo desde 1961, e ingresa aproximadamente 31 mil 377 millones de dólares al año por vender en promedio 1,33 millones de barriles diarios.

La mano de Occidente

Las primeras elecciones en Libia tras 43 años de dictadura militar fueron celebradas en julio de 2012; tenían por objetivo poner algo de orden, cimentar algunas estructuras institucionales y recuperar la producción del millón y medio de barriles diarios de petróleo que se generaban entonces. Sin embargo, nada de eso se logró. De ahí que los 28 socios de la Unión Europea (EU) calificaran las del 2014 como altamente críticas en la transición libia a la democracia. La comunidad internacional estuvo inquieta. EE UU preparó un operativo para una gran evacuación, varios países cerraron sus embajadas y consulados, Túnez y Argelia reforzaron militarmente sus fronteras, y muchos altos cargos y funcionarios abandonaron el país sin fecha de regreso.

Tres semanas después de las elecciones de 2014, el Parlamento libio votaría la disolución de las milicias armadas que operan en el país y su integración en las Fuerzas Armadas regulares. Asimismo, pediría la intervención de la ONU para proteger a los civiles de los enfrentamientos entre grupos armados rivales en la capital, Trípoli, y en la ciudad de Bengasi. Pese al esfuerzo, Libia continuaría instalada en el caos y en una situación de preguerra civil permanente.

El poder se dividió entre Tobruk y Trípoli, gobiernos a los que apoyan distintos grupos islamistas, señores de la guerra, líderes tribales y contrabandistas de armas, petróleo, personas y drogas. De este enfrentamiento se aprovechan grupos yihadistas vinculados a la organización de Al Qaeda en el Magreb Islámico y también el autoproclamado Estado Islámico, que han ganado terreno y extendido su influencia al resto del norte de África.

La UE mantuvo un enviado especial en un intento de implicarse más en una solución negociada, en la que participarían, a la postre, EE UU y la ONU, mediante el diplomático español Bernardino León.

Intento frustrado

El acuerdo de paz y de reconciliación propuesto por la ONU para resolver la crisis en Libia se rubricó en Sjirat el 11 de julio de 2015. Se trató de un marco global que permitiría continuar con la transición política iniciada cuatro años antes. El acuerdo fue firmado solamente por los representantes del Congreso de los Diputados de Tobruk, gobierno reconocido por la comunidad internacional, sin poder político en la mayor parte del territorio, que se disputa la legitimidad con el Parlamento de Trípoli.

El acuerdo de paz, simbolizado en Marruecos, estipulaba la creación de un gobierno de unidad nacional, establecía que el Parlamento de Tobruk tuviese el poder legislativo, e incluyó la creación de un Consejo de Estado… punto sobre el que el Parlamento de Trípoli manifestó reticencias.

Los representantes del Parlamento de Trípoli habrían avisado con anterioridad que no retornarían a la mesa de diálogo si la ONU se negaba a incluir las enmiendas que introdujeron en la propuesta.

Luego de un año de reuniones con los representantes de los dos Gobiernos de Libia, el enviado especial de la ONU para Libia, Bernardino León, propuso seis nombres para conformar un Consejo Presidencial de unidad con un mandato de hasta dos años para amainar las tensiones del país. León, destacaba el anterior 9 de octubre que lo más difícil en la negociación había sido introducir la palabra integración en una nación como Libia. Pero ni con todo el respaldo de la comunidad internacional la ONU tenía garantizado que su propuesta de Gobierno fuera a ser aceptada.

León presionó en agosto a Tobruk para que aceptara las enmiendas al cuarto borrador exigidas por Trípoli y propiciara así que el gobierno en la capital regresara a la mesa de negociación, como finalmente ocurrió… para frustrarse enseguida.

De vuelta a empezar

El lunes 19 de octubre, el Parlamento de Tobruk rechazó la composición del gobierno de unidad nacional propuesto por la ONU. Decisión adoptada tras seis horas de discusiones. Libia se ha quedado sin un gobierno que se pueda considerar plenamente legítimo, el martes 20 concluyó el mandato de esta cámara.

Según la Agencia EFE, fuentes cercanas a la Cámara de Tobruk exigen que haya sólo un presidente y dos vicepresidentes. El no a la prepuesta de León es tajante; rechazarán cualquier gobierno de reconciliación nacional y cualquier injerencia del exterior.

La negociación para la composición de un gobierno de unidad nacional se empañó por las agudas discrepancias en el terreno militar. Trípoli ha exigido el cese de Jalifa Hafter, militar que participó en el golpe de Estado que en 1969 llevó al poder al derrocado y ahora extinto Muamar el Gadafi y que años después se convirtió en uno de sus principales opositores en el exilio, a lo que se opone el Parlamento de Tobruk.

Daniel Chanona, alumno en Grado en Periodismo

Sobre el Autor

Publicaciones de la redacción del observatorio.

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