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La guerra silenciosa


Adrià Gallego


El ser humano es social por naturaleza ya que, la sociedad es por naturaleza anterior al hombre. Esto es algo que decía Aristóteles en la antigua Grecia, pero que los poderes actuales tienen aún muy en cuenta a día de hoy. La sociedad es el ente más primitivo e inexorable de la existencia humana, es por ello que ejercer dominación total sobre ella es el principal objetivo de aquellos que pretenden imponer su marco mental como único e
irrefutable. No se puede impedir que un ser humano deje de razonar de forma crítica, pero sí que se pueden marcar los límites del razonamiento. Es por ello que la verdadera lucha del pueblo frente a los poderosos es la que emerge de la divergencia en el planteamiento sobre dónde deben situarse las fronteras de lo éticamente cuestionable.

Castells (2007) siempre ha sido muy consciente de este asunto, siempre ha tenido claro que “la batalla fundamental que se libra en la sociedad es la batalla por las mentes de la gente…” (p.238). Y es que la forma en que la comunidad perciba los cambios políticos y sociales determinará las normas y valores que esta tomará para la permanente construcción de una sociedad utópica que todo el mundo anhela, todo político promete,
pero que nadie se atreve a desmentirla. Los políticos nunca van a intentar convencer de que sus ideas son las mejores, sus propuestas son meras excusas para perpetrar un golpe de estado a la inteligencia individual que procede cada vez que abren la boca.

Es más fácil comprender esto ejemplificando con un tema atemporal y que nadie duda de su vital importancia, sin embargo la continua disputa entorno al marco mental desde donde se debe atajar la anomalía, se ha convertido en el principal objeto de disputa en detrimento de la solución fáctica que se debería tomar para erradicarla. Existe violencia de género en nuestro país -denuncian algunos- entendiendo género como en su primera
acepción del diccionario de la RAE: “Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes”, es decir un grupo de seres humanos (hombres) ejercen violencia sobre otro grupo (mujeres) a razón de las diferencias entre los dos tipos de géneros. Otra parte de la sociedad alza la voz defendiendo que la violencia no tiene género, es decir, un ser humano agrede física o verbalmente a razón de su ineludible carácter violento y no
por una cuestión diferencial con el género de la víctima.
Las dos posturas son defendidas social y políticamente por una serie de organizaciones que escenifican un compromiso público con las víctimas que en realidad es falso, están proyectando un relato el cual quieren imponer a la sociedad para que este sea incuestionable. Una idea homogénea sobre este tema beneficia a ambas posturas.
Aquellos fervientes defensores del género como motivo de la violencia, necesitan que la sociedad lo perciba de la misma forma para poder justificar el gasto público en instituciones y organizaciones que dadas la naturaleza por la que nacen se convierten en cuartos oscuros perfectos para repartirse el botín entre amigos y conocidos, como ocurría en la Junta de Andalucía en el 2018 cuando de los 43 millones de euros
destinados al Instituto Andaluz de la Mujer, solo 1.2 millones iban destinados para las mujeres víctimas. Por otra parte aquellos que se llenan la boca tildando al adversario político de querer politizar la violencia en detrimento del escarnio público hacia el varón con el agravante del género, no reafirman su tesis con una postura que condene la violencia sin condiciones políticas, sino que escenifican su argumentario desde una
trinchera ideológica y apuntando al político de enfrente en vez de hacia al agresor. Este punto disfuncional del sistema donde dos posturas, de cualquier anomalía social, se enquistan de modo que no hay forma de solucionar la cuestión pertinente porque prima la imposición ideológica, no era notorio hasta hace unos años. El contrapoder mediático formado por los medios de comunicación, era quien debía denunciar esta
disfuncionalidad, pero en realidad el aparato mediático estaba actuando como un soldado más informando y denunciando entorno al marco ideológico que más conveniente le fuera en cada momento. De esta forma cuando nuestra comunidad ha evolucionado hacia una sociedad red caracterizada por la omnipresencia de las redes de comunicación en un hipertexto infinito donde se le ha dado voz al individuo; el Estado,
sitio donde tradicionalmente se ha acumulado el poder, ha sido desafiado por movimientos sociales nacidos de las reivindicaciones del pueblo que por primera vez ha tenido medios de comunicación donde ha sido el emisor directo del mensaje, las redes sociales.


Con este cambio de paradigma la comunicación ha pasado de ser unidireccional, un mensaje distribuido masivamente desde los medios hacia multitud de sujetos; a ser horizontal, no hay una jerarquía donde un emisor esté en un estamento superior por poseer la exclusiva potestad de exponer un ideario. Ahora todos somos emisores y receptores de multitud de mensajes, no hay nadie ni por encima ni por debajo, por lo que
esta nueva forma de difusión del mensaje político beneficia a la aparición de numerosos grupos de presión hasta ahora callados por el altavoz mediático único; y perjudica a los políticos que habían encontrado en sus medios de comunicación afines una forma fácil de instaurar su mensaje ideológico camuflándolo en un contrapoder corrompido.
Esta nueva forma de comunicación social se da de forma masiva, se puede hablar de que de este modo de generar y compartir contenido político, nace el contrapoder contemporáneo. Un contrapoder que traspasó la pantalla para hacerse notar en las calles durante el 15M, para desfilar por las ciudades de toda España reivindicando el Día Mundial de la Mujer Trabajadora o para llenar la madrileña plaza de Colón para reivindicar
el legado constitucional del 78 y la unidad de España. Pasada la etapa donde ya el conjunto de la sociedad ha aceptado que su poder ha aumentado hasta límites que cualquier persona que tenga acceso a internet puede llegar a cambiar el rumbo político de todo un país; la población ha entrado en una fase en la que su capacidad de influir socialmente se ha sobredimensionado de tal forma que la agresividad se ha apoderado de posiciones defendidas cada vez desde puntos más extremos.


Castells (2007) entiende el contrapoder como “la capacidad de los actores sociales para desafiar y eventualmente cambiar las relaciones de poder institucionalizadas en la sociedad…” (p.248) . El problema es que estas relaciones de poder de las que habla el Ministro ya no excluyen a los actores sociales, estos han pasado de ejercer el contrapoder desde la sociedad red, a formar parte del poder y por lo tanto han
monopolizado el mensaje político. Esto se repite continuamente en un bucle sin fin, de manera que el contrapoder continuamente emergente se institucionaliza más rápido y este hecho hace que cada nueva corriente crítica que nazca, sea más escéptica que la anterior hasta terminar en un punto donde el raciocinio se ha desvanecido por completo.
Se ha llegado a una situación donde ya no vuelve a existir contrapoder, existen movimientos sociales radicales instaurados en las instituciones y movimientos extrainstitucionales aún más radicales y agresivos. Este agravio social surgido a raíz de la democratización de la crítica ciudadana a través de la sociedad red, ha llevado a nuestra sociedad a un debate definitivo e inevitable que nos hace elegir entre libertad en nuestro
modelo comunicativo o paz en nuestro modelo de convivencia política. El actor político que intente esquivar esta dicotomía estará abocado al fracaso personal y a la vez abocará a la sociedad a un agujero negro del que cada vez será más difícil salir.
Lo que hace una década era una oportunidad para que la sociedad pudiera cambiar el rumbo político del país ejerciendo un contrapoder real, hoy en día es una amenaza para el sustento del sistema democrático. Las instituciones que antes estaban parasitadas por corrupción e intereses económicos ilegítimos, en 2021 están siendo extorsionadas por
bandas organizadas que disfrazan su actitud antisistema y por ende antidemocrática, con un discurso mordaz, cargado de sentimentalismo, inductor de temor y rabia a la población y transformador de hechos históricos concretos en argumentos falaces. Estas
organizaciones han encontrado en las oportunidades que ofrecen las nuevas tecnologías innatas a la sociedad red, el conducto perfecto para difundir su mensaje y hacerlo relevante en el entono social.
Se está librando una guerra silenciosa, los disparos no se oyen, pero existen y tienen el mismo impacto. Es habitual en el discurso del republicano catalán, Gabriel Rufián, la tesis que asegura que los golpes de estado del siglo XXI no se dan con tanques y militares, sino con periodistas y medios digitales, en silencio. Tiene razón, él mismo es cómplice del único golpe de estado que se ha perpetrado en nuestra nación durante el presente
milenio. Rufián sabe que sin una sociedad red donde medios propagandísticos, pseudoperiodistas y faranduleros de la política, no hubieran podido difundir sus fake news y su odio irracional, seguramente el independentismo catalán nunca hubiera llegado a tener la fuerza suficiente como para saltarse el marco legal y de convivencia de
nuestra patria, la Constitución de 1978.


Como en toda guerra hay dos bandos, en este caso está el que se aferra a un progreso fraudulento y que reivindica la ya corrompida sociedad red como símbolo de libertad de expresión; y en el bando opuesto está el que de forma inteligente mira al pasado para aprender de los errores y reivindicar la libertad individual como frontera para marcar todo aquello que puede ser cuestionado en nuestra sociedad.
Si se quiere ganar en democracia, tolerancia y pacifismo es imprescindible que la libertad sea un límite y no una justificación. La libertad debe servir para marcar hasta dónde pueden influir los actores externos en el individuo y no para justificar que estos actores puedan atentar contra toda voluntad. Las instituciones gubernamentales deben preservar
esta libertad entendida como límite garantizador de la concordia y no incitar a la continua revuelta social. Desgraciadamente la sociedad red, se ha convertido en un instrumento esencial para los agitadores sociales, es por eso que se debe recentralizar de nuevo el debate político en las instituciones para que España preserve su calidad democrática.


Durante estos años ha quedado patente que el hecho de que un tweet tenga más transcendencia social que un discurso desde el estrado del Congreso de los Diputados, ha degenerado el entendimiento político entre distintos y ha promovido la fractura social.
España no puede permitirse más odio, más división y más normalización institucional de grupos antidemocráticos. Como si de un retiro espiritual se tratase, el poder político debe apagar el teléfono móvil para volver a hacer política desde el raciocinio de la palabra y no desde el odio viralizado en redes sociales. La guerra silenciosa se gana abrazando a la libertad, no estrangulándola. El silencio impuesto desde la sociedad red a la cultura de la democracia liberal debe terminar, solo así la política en su primaria esencia de gobernar para el ciudadano, volverá a tomar la palabra.


Bibliografía
Castells, M. (2007). Communication, Power and Counter-power in the Network Society.
International Journal of Communication, 1, 238-266.
RAE. (2020). Género. Diccionario de la Lengua Española (Actualización 2020). https://
dle.rae.es/género?m=form
Redacción. (2019, enero 5). El Instituto Andaluz de la Mujer sólo destina el 3% de su
presupuesto a las víctimas de violencia. Libre Mercado. https://www.libremercado.com/
2019-01-05/el-instituto-andaluz-de-la-mujer-solo-destina-el-3-de-su-presupuesto-a-lasvictimas-de

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